Llevar una pequeña empresa es vivir un examen diario. Cada cliente y cada decisión cuentan. Los retrasos en los pagos, las tensiones de tesorería y un entorno incierto hacen que, a veces, un simple resfriado parezca una pulmonía.
Pero lo que marca la diferencia son las personas que nos acompañan. No hablo de empleados, sino de colaboradores, compañeros de viaje que entienden las dificultades y suman cuando todo parece restar.
Son los que, en sus vacaciones, se ofrecen como voluntarios en incendios en Zamora o en catástrofes como la DANA. Los que, incluso enfrentando enfermedades duras como un cáncer, siguen al frente con una fortaleza admirable.
Entonces entiendes que el verdadero motor de la empresa no son las cifras, sino ellos.
Contar con un equipo que inspira hace que todo merezca la pena.
Y todo ello con políticas que parecen escritas sin conocer la realidad. Ojalá algún día se pongan a remar y lo entiendan.